Didi y sus dos amigos platicaban de cosas varias; mujeres, amistades y como no del baseball, el deporte nacional y en el cual Didi era una estrella, de ahí el interés de Willian y Alberto de acercarse, ver y oír.
Didi, (apodo derivado del defecto que sufría desde niño de atrancarse en las primeras sílabas-Di,Di,Di), un hombretón de unos 35 años 1,75 de estatura, moreno lavado, ancho de cuerpo, generoso de cara, mirar tranquilo, pelo negro chuzo abundante, parecía una imagen Solemne de un guerrero Masaya, bueno para la plática, enamoradizo y estrella del bate, su caminar despacio como cansado no era obstáculo para él y su deporte, lo compensaba con la fuerza de sus brazos y habilidad para detener pelotas tras el Home Plate, Jugaba de Catcher en el equipo local Matagalpa, un muro infranqueable en esa posición.
No era tan querido por defender su posición como por los leñazos que pegaba a la pelota haciendo astillas el bate en mas de una ocasión levantando al público de sus asientos.
La gente acudía al estadio casi solo por verlo batear.- fallaba con frecuencia pero habían días gloriosos porque si la tocaba siempre la mandaba tras la cerca, la sacaba del estadio decían sus seguidores. - Había que ver como aquel cuerpo se dirigía con parsimonia al Home Plate, su ritual de lavarse las palmas con la tierra para mejor sujetar el leño, colocaba sus piernas ligeramente separadas, cuerpo inclinado apenas hacia adelante observando con fijeza al pitcher… se apartaba, tocaba con el bate su calzado, uno, el otro, volvía a colocarse y ya con el palo en la mano señalaba el cielo por encima del pitcher que intimidado- Tenía frente así a Didi-. Dejaba pasar una, se apartaba ligeramente, volvía a ver hacia el palco y las gradas, la multitud rugía…¡Didi!… ¡Didi! ¡Didi!… pasaba la segunda bola, se incorporaba, daba media vuelta y plantaba los pies en tierra de forma a como los planta un luchador de Zumo antes de la pelea, rascaba la tierra, se volvía a colocar, - el pitcher chorreaba sudor por el tiempo y el momento cumbre y lanzaba con fuerza y maña, el bateador dejaba pasar otra fuera, y a la siguiente la pelota venía por derecho, Didi que agudizada su mirada la percibe con claridad, estadio en silencio absoluto mientras la pelota está en el aire rumbo al Home, se escuchaba un fuerte y claro sonido Seco seguido por una ovación ensordecedora que duraba largos minutos, la pelota algunos la seguían con la vista en el aire, a otros no les hacía falta, ya sabían con el golpe lo que acababa de suceder. Hasta los muertos del Cercano Cementerio ovacionaban, interpretaba un fanático al escuchar el eco de los gritos de alegría que se producían en el Chale Solís Estadio.
Didi corría a toda velocidad y fuerza desplazando con veloz lentitud su gran humanidad, al llegar a primera base se percata que la pelota está al otro lado y avanza a segunda con el gas disminuido, ya sabe cierto a donde fue la pelota de cuero, -A hacerle reverencia a los muertos de Matagalpa-, de segunda base a tercera ya va gozando su ser y su gloria y sin tiempo, el público enardecido ve toda la escena de la carrera enlentecida, en cámara lenta, siendo esta la imagen más cercana a la realidad.
Una sonrisa amplia desplegaba Didi a la vez que su mano derecha saludaba a la fanaticada que le correspondía con gritos varios y Didi RA-RA-RA, Didí RA-RA-RA. Una verdadera locura.
Al girar la tercera base, sigue su saludo con la mano derecha mientras la izquierda le despoja de la gorra Azul y blanco “Matagalpa” y la muestra también al público, Matagalpa, leen todos, gritan ¡Viva Matagalpa! ¡Viva Nicaragua! Voces unidas en una sola; coge por fin la recta final hasta el Home donde es recibido por todo el equipo, abrazos, palmaditas y llevado en hombros al Dogaut, mientras la algarabía en las gradas es superior, pitos, bombo y tambores, al igual que trompetas siguen sonando tras largo rato. Lo había vuelto a hacer y el público estaba más que satisfecho por todos aquellas otros días en donde acudían alegres y optimistas con Didi y se marchaban desilusionados porque no había podido conectar… Él decía, solo tengo que tocarla y eso sucedía imprevisiblemente o nada o hasta 3 Jonrones en un partido.
Ese Didi era el que encontraron Willian y Alberto esta vez sentado de pantalón y camisa blanca en el parque frente a la entrada de la Iglesia San José en barrio Laborío. Los dos jóvenes curiosos gozaban escuchando anécdotas, situaciones de pena y otras de gloria en el base ball Matagalpino.
Ese día los chicos tuvieron suerte, él descansaba, jugaría al día siguiente domingo, y en busca de amores rondaba la casa de Dios, esperaba, esperaba como espera un tigre que come de pie y caza echado, y se divertía contando o escuchando chistes que surgían en ese momento agradable.
Sería no más de las 3:30 de la tarde y en la amplia acera del parque, rodeado de árboles de la india de copa frondosas alineados en perfecta fila a todo lo largo y tras las vetustas bancas ideadas para el descanso y disfrute de la población. -El fresquito es rico en ese parque a esa hora, yo he estado allí-. Césped verdecito detrás, flores y rosas blancas, rojas, rosas y amarillas a las espaldas del grupo. Darío en el centro del parque sur Matagalpino, erguido y elegante de uniforme diplomático les daba la espalda, - mal presagio-.
Sobre la acera aparecía a lo lejos una pareja que caminaba despacio y abrazados, eran jóvenes, no eran de la ciudad, morena ella, bonita, ni alta ni baja, ropa sencilla de alegres colores, su cabello indio negro azabache mejoraba sus facciones que era inevitable mirar, ¡bonita la mujer!. El amor era un hombre joven de unos 30 años, la conducía cogidita con dulzura de la cintura, con los ojos puestos en su cara mientras le decía en murmullo cositas románticas, aquellos ojos semi cerrados, como soñando acariciaban constantemente aquella sonrisa de su dama, invadido por esa sensación de felicidad que solo los enamorados pueden disfrutar. Moreno negro, con sombrero de palma, camisa a cuadros Azules y blancos, pantalón vaquero de faja ancha, un toro embistiendo en la hebilla, las botas se veían nuevas, negras, de tacón cubano y temible punta. Ambos venían “cantando su dulce ilusión” “Su amor y sus ansias “ cuando pasaron a la altura donde se encontraba Didi y sus amigos… No Didi sino el otro dijo cuando habían cruzado unos pasos, ¡ADIÓÓS CUÑADO! y el pequeño grupo rió la gracia incluido Willian y Alberto, ¡ADIÓÓS CUÑADO! repitió el imprudente bromista… El moreno enamorado giró levemente el cuerpo y la cabeza hacia atrás y su izquierda se tocó el sombrero inclinándolo un poco hacia adelante y siguió con su dulce amor hacia el extremo de la calle sobre el parque…
En alguna de las pensiones cercanas debían alojarse porque no tardó mucho aquel hombre en volverse a divisar en la misma acera, ahora de regreso y solo.
Willian y Alberto dicen; ¡Didi, Ay viene el moreno! ¡Didi Ay viene!…. -Y ¡qué tiene pues! que venga, que acaso le estamos haciendo nada!.
Presintieron y temerosos se apartaron un poco del grupo. El Hombre del Sombrero de palma y gesto inexpresivo se acercaba sobre la misma acera, al llegar a la altura de los amigos, Didi (se acomodó tenso en su asiento , seriedad y silencio había en el ambiente cuando sintió como la patada de una mula en su pantorrilla al tiempo que reventaba la Humeral izquierda en un charco de sangre tras recibir el impacto brutal del metal sangriento que había salido desde abajo hacia arriba en busca del corazón y el alma del hombre, regresando a su origen con rapidez inaudita. Didi había logrado desplazando cuerpo hacia derecha y usando su brazo izquierdo como escudo protector desviar el toque mortal. Todo fue vertiginoso, se levantó con rapidez, gritos pidiendo ayuda, su camisa de estreno blanquísima se había empapada en sangre, su mano derecha sobre el brazo izquierdo a modo de tapón, intentaba parar la hemorragia que no cesaba. El Moreno hechor había volado, nadie supo decir mas que lo vieron pasar como una exhalación cruzando el parque.- Didi arropado por sus amigos, mirones, y Willian y Alberto de lejitos, llegó a la esquina del parque frente a la talabartería, gritando: ¡Un cuchillo! Un Cuchillo!pero ya ni se entendía para qué, la gente desconcertada, unos procurando parar un taxi, pasaron dos lentamente y sin ningún caso seguían, hasta que un valiente y generoso se detuvo, lo subieron ya bien pálido sudoroso y jadeante con rumbo al hospital San Vicente de la Ciudad.
Willian impresionado por los hechos, al igual que Alberto se fueron lentamente hacia sus casas, Ambos salían de viaje al día siguiente uno para Estados Unidos y Alberto para Europa según dijeron . Con esa imagen y sensación de pena y dolor por lo que había sufrido el día anterior su pelotero estrella, se fueron y durante el vuelo poco a poco se fue diluyendo el recuerdo.
Varios años después Alberto regresó a Matagalpa, venía con título y todo, y recordó el episodio de Didi, habían pasado ya unos 6 años. En sus primera salida por las calles de la bella perla se topó con un amigo de la época y preguntó por Didi, supo entonces que Didi había muerto unos 9 meses atrás de un ataque al corazón. Del percance del pasado le contaron que había terminado bien y había salido a los pocos días del hospital.
Y que siguió jugando y sacando la pelota del estadio cuando lograba tocarla con el bate. Ponía a rabiar a la fanáticada Matagalpina. Hoy digamos Dr. que Dios lo tenga a su vera.
Sevilla.18 de febrero 2023.
RGG