LA NOVATADA
Linda ciudad de Sevilla se despertaba al 1985, mientras me estrenaba con mi primera Guardia en las Urgencias del gran hospital donde luego me hice gastroenterólogo.
El día había transcurrido sin muchos sobresaltos y las dificultades se solucionaban con ayuda de los compañeros médicos más experimentados con quienes me tocó el turno. Por aquel entonces el ingreso de pacientes al servicio de Urgencias se hacia desde el mismo borde de la acera, y a través de una amplia puerta abatible, seguida de un corto y ancho pasillo que desembocaba en la zona de consultas de urgencias hasta 7, y una Sala de Paradas.
Nada especial había sucedido, el pequeño frío interior de saberse nuevo, la inexperiencia y la torpeza propia de todo iniciado había hecho que mi ansiedad crecida me inquietara en demasía, pero luego fue mermando al caminar de las horas, mis cuentas me daban casi las 10 de la noche. ¡Me animaba! ¡Mi seguridad había mejorado durante todo el día! Ya era más médico que el día anterior. Había enfrentado y resueltos los casos. De ahora en adelante todo sería mas tranquilo y seguro.
Nada especial había sucedido, el pequeño frío interior de saberse nuevo, la inexperiencia y la torpeza propia de todo iniciado había hecho que mi ansiedad crecida me inquietara en demasía, pero luego fue mermando al caminar de las horas, mis cuentas me daban casi las 10 de la noche. ¡Me animaba! ¡Mi seguridad había mejorado durante todo el día! Ya era más médico que el día anterior. Había enfrentado y resueltos los casos. De ahora en adelante todo sería mas tranquilo y seguro.
El tiempo iba frenado, sentía paz y tranquilidad rara. Parte del equipo se marchó a cenar ante la poca demanda de la hora, nos quedamos muy pocos para el siguiente turno.
De pronto en el intercomunicador de la consulta, oigo “¡LLAMADA PARA UN MEDICO!” La voz repite el mensaje con más apremio, me muevo sin entusiasmo y buscando algún médico con la mirada... me doy cuenta que estoy solo, que el médico que debe atender la llamada soy yo.
De nuevo cosquilleo interior, me acerco sin ganas, la Srta. enfermera con el teléfono en mano, me lo alarga con cara comprensiva. -Es del jefe de Guardia de Traumatología me dice-. Al otro lado del hilo telefónico, una voz clara, cordial, pero con autoridad, me cuenta un caso, oigo todo pero me doy cuenta solo de parte de lo que dice, me vuelve el frío interior, respondo que si, que si, que la envíe, y de repente ya ha colgado.
Me entra angustia que disimulo lo mejor que puedo, ya no tengo hambre, solo quiero ver a alguno de mis compañeros, pregunto, me dicen que están cenando, pero que el Dr. Tal, ha ido un momentito a una planta y volverá en un par de minutos,- me alivia-.
Los segundos se hacen eternos y todavía no aparece nadie. Camino despacio entre personal auxiliar, mi imaginación me hace notar que se fijan en mí, en mi cara, en mis movimientos.. ¡YA ESTÁ AQUÍ!!! ¡YA ESTÁ AQUÍ!!! Oigo un grito, a la par que el ulular escandaloso de una ambulancia anunciando cosa grave y que veloz se aparca al borde de la acera. Mientras, ya se han acercado a la puerta de la ambulancia, celadores, auxiliar, enfermera… para colaborar…….. Me asomo con discreción, una camilla con una mujer inconsciente, cabeza vendada, convulsionando, viene a toda velocidad directamente hacia mí. Rodeando la camilla, apuraba el paso el marido, agitado, angustiado, casi al borde del llanto. Percibe que soy el médico que atenderá a su querida esposa, me coge por la solapa de la bata blanca, blanquísima, pidiéndome, urgiéndome, ¡DOCTOR HAGA ALGO! ¡SALVELA! ¡NO SE QUE SOY CAPAZ DE HACER SI LE PASA ALGO, ESTÁ EN SUS MANOS!
La mujer parece estar yéndose a chorro de este mundo. Mi tensión es máxima, el corazón parece saltarse fuera de mi pecho, mi boca está seca, siento una lija gruesa como lengua, trago saliva con dificultad, sin embargo me permite apenas indicarles, -que la metan en la sala de paradas-. Todavía no veo a nadie de mis compañeros. Pregunto ¿y mis compañeros?. me dicen que ya se ha avisado. Están de camino. El alboroto es tal, que haciendo de tripas corazón, entro…
Todos esperan mis órdenes. ¡HAGA ALGO DOCTOR! ¡QUE NO SE MUERA DOCTOR!
Acomodada en la camilla ancha, la cabeza vendada y algún punto de sangre entre vendas. Un tubo de plástico sale por la boca, comunicando con una bola negra como un coco de grande, pero de goma, -Ambu, le decimos-. Un compañero agitado apretaba la bola negra, insuflando vida a la pobre mujer.
Acomodada en la camilla ancha, la cabeza vendada y algún punto de sangre entre vendas. Un tubo de plástico sale por la boca, comunicando con una bola negra como un coco de grande, pero de goma, -Ambu, le decimos-. Un compañero agitado apretaba la bola negra, insuflando vida a la pobre mujer.
Está en coma, no tiene sensibilidad, no responde. Vuelve a convulsionar, salta en la camilla formando casi un arco perfecto. Alguien mantiene un bote de suero con la mano en alto, otro se afana con un brazo para cogerle una buena vía venosa -esto es fundamental en casos críticos-. El aparato –Electrocardiógrafo- que marca los latidos cardíacos está colocándose, pip-pip-pipip-pipppp suena con urgencia. La respiración es pausada. a mi me parece muy lenta, alguien dice que se está parando. ¡El DESFIBRILADOR! grita otro.
EL color de la paciente no es malo, pero la cabeza vendada impresiona, y las convulsiones no cesan, parece que se va a partir en dos. Pónganle un Valium 10 mg IV, -eso si lo sabía, que cuando uno convulsiona se le pone un relajante y el Valium es el mejor y si no cede, otro-.
¡Dr. González! ya le hemos puesto … ¿Y ahora y ahora?...
El electrocardiógrafo conectado a su pecho, indica cosas raras que no interpreto adecuadamente. Ven en mí, algo grave, porque una enfermera intenta ayudarme, me dice que tiene una FA y va rápido, ¡espere! la respiración es cada vez menos profunda mas lenta y superficial, me acerco, la toco, está bien de temperatura, tomo el pulso pero no lo tomo. Observo a la paciente, mientras en mi interior rezo a Dios para que aparezca alguien.
Y me oyó el señor pues aparece Jose María, Cardiólogo. ¡Que suerte! entra, ¿que pasa Roberto? Le cuento lo que puedo y vertiginosamente con ademanes, rápidos y seguros se pone al lado de la mujer que se iba de este mundo, manipula los mandos del aparato, que no observo, y oigo decir, se está parando, ¡PARADAAAAA!
La puerta de la sala de paradas se abre con violencia, es el marido, hijas, y hermanos de la bendita señora que yacía en esa camilla, quieren entrar, gritan, lloran, gritan ¡SALVENLA! ¡SALVENLA! ¡DOCTOR!, que no se muera porque sino, no sé de que soy capaz. Estamos en ello, ¡No se preocupen!, salgan un momento, salgan... logro que desalojen la sala y ya yo soy un medio muerto, siento que debo tener un aspecto terrible, cierro la puerta, dirijo mi mirada nuevamente hacia la paciente. Habían cesado los movimientos extraordinarios Y de pronto…
¡No podía dar crédito a lo que estaba viendo! ¡No podía ser! ¡No es posible! ¡No es verdad!
Adivino, intuyo, una incipiente sonrisa en aquella mujer que llevaba allí pocos minutos debatiéndose entre la vida y la muerte.
Empiezo a recuperar tono, la vida vuelve a mí, la sangre fluye y da calor, me giro dando la espalda a la paciente y al grupo que había colaborado conmigo hasta ese momento dentro de la sala, cuando al abrir la puerta …
¡Allí! Allí estaban todos, todos, Médicos, enfermeros, celadores, administrativas, conductor de la ambulancia, familiares de la paciente y hasta el Jefe de Traumatología que me había solicitado el traslado de la paciente grave. Amplias sonrisas, aplausos, carcajadas, abrazos, palmaditas en el hombro... ¡Yo no oía nada, silencio!!! ¡Silencio!
La cara que mostraba el Dr. González, Médico novel, no la cuento, lo dejo para que Uds. la imaginen.
En total no habían pasado más de 20 minutos.
PD: Un rato después volví, para felicitar a aquel gran equipo. Nos abrazamos y el más fuerte fue para la paciente, mi amiga Mariangeles de Quirófano del Hospital Virgen del Rocío.
PD: Un rato después volví, para felicitar a aquel gran equipo. Nos abrazamos y el más fuerte fue para la paciente, mi amiga Mariangeles de Quirófano del Hospital Virgen del Rocío.