De cada 10 personas que acuden a mi consulta al menos 3 sufren lo que ellos llaman mala digestión.
Son mayoritariamente mujeres que sufren de pesadez tras comer, se sienten infladas me dicen, y se le pone su abdomen aumentado de volumen. Yo no tengo esa barriga me aclaran, y algunas incluso me muestran fotos donde se las ve como que estuvieran embarazadas de 4-6 meses.
Es la DISPEPSIA, la bestia negra de las pacientes y también de los médicos, pues es una situación que puede ser muy fácil de solucionar o bien ofrecer dificultad grande. Se me viene a la mente un profesor de cirugía, que nos contaba que lo más fácil que había operado era una apendicitis y que lo más difícil también era una apendicitis, pues con esto pasa mas o menos igual.
Sus causas pueden ser múltiples, incluyendo el tan socorrido estrés o alteraciones de la mente cuando no encontramos algo consistente que ofrecerle al paciente sufridor que busca un consuelo a tan molesta situación, recursos diagnósticos los hay pero no siempre nos resulta premiado solucionando el problema, y es entonces cuando “recurrimos” a los nervios y se envía al que padece a otro especialista u otras alternativas terapéuticas por que las que utilizamos no han resuelto tampoco el problema, me refiero a la Dispepsia funcional, que es lo que apunté en las primeras tres líneas.
El médico queda aliviado cuando el paciente desaparece de la consulta, y la dispéptica o el dispéptico, empieza a peregrinar por otras consultas con esperanza de que alguien las mejore. Creo yo que la mayoría de ocasiones son situaciones de mal funcionamiento de nuestro aparato digestivo inducidos por la vida que llevamos en estas sociedades que nos meten tanta prisa para todo, que nos atiborran de productos alimentarios brillantemente lucidos en los super, pero todos manipulados y conservados en cámaras neveras, los azúcares y las harinas ya no digamos, tienen pecado. En definitiva creo firmemente que lo que comemos es en gran parte culpable de lo que padecemos, también suma la vida que llevamos. Ayer mismo por la tarde me llegó un hombre feliz, que había visitado tres meses antes por esos síntomas, el hombre trabajaba el campo, y en tiempo que le tocó descansar en casa empezó a padecer, pero ayer a lo que llegó es a contarme : -Doctor, estoy estupendamente…. Nada que ver a cuando vine en anterior ocasión.
-Mis fármacos no habían hecho efecto, pero el hombre decidió acudir a un gimnasio, y de paso se llevó a su mujer, donde pasaban una hora o 2 dándole al pedal, y me contó contento que ya estaba sano. Me dio gracias no merecidas, le agradecí profundamente la historia.